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Viernes, 1 de diciembre 2006

Orgullo del Perú para el Mundo

Pa hermana Juana Sawyer hacía su apostolado entre los prisioneros del Penal Miguel Castro Castro del distrito Limeño de San Juan de Lurigancho. Ella amaba a la gente con la que trabajaba y su gente la amaba a ella. En los años que llevaba trabajando, su compromiso y compenetración le hacían sufrir con los que sufren y llorar con los que lloran.

1983, fue uno de los años más violentos en el Perú. Fue también un año lleno de inseguridad y miedo. Los guerrilleros Maoístas de Sendero Luminoso cobraban adeptos y se hacían fuertes gracias a los desatinos económicos y sociales del gobierno de Acción Popular que había generado una situación de pobreza e inseguridad cada vez más creciente. Muchos pobres eran metidos en las cárceles por decretos leyes que reprimían a los más pobres e indefensos. Iban acusados como sospechosos por una policía temerosa y corrupta y a veces se olvidaban de ellos y los dejaban por años sin juicio ni proceso. Los métodos de los subversivos Maoístas eran cada vez más efectivos y eran admirados y respetados en muchos barrios pobres y los pueblos marginados a lo largo de todo el Perú.

La represión brutal e indiscriminada de las Fuerzas Armadas: Ejército, Marina y Aviación (entrenadas en las Escuelas de Las Américas por instructores Norteamericanos) y las fuerzas policiales, habían originado que jóvenes, intelectuales, obreros y campesinos -muchos de ellos pobres, descontentos y sin esperanzas de desarrollo- pasen a engrosar las filas de los rebeldes Maoístas.

Aún en esas difíciles condiciones sociales y económicas, al acercarse las fiestas navideñas, como todos los años, un grupo de artístas populares, payasos, cantantes, cómicos, animadores de shows infantiles, acudían a solidarizarse con los presos, presas y sus hijos e hijas. Ese año, la artísta cómica y animadora de fiestas infantiles “la gringa Inga” junto con los y las agentes pastorales (entre ellos la hermana Juana Sawyer) habían organizado unos agasajos solidarios para los internos del Penal. Era el 14 de Diciembre de 1983. Fueron temprano al penal con regalos, dulces, chocolate y panetón. La alegría de los payasos y cómicos eran el deleite y la alegría de los cientos de hijos e hijas de los internos.

Mientras se realizaban las visitas, hubo un motín en el Penal. Algunos presos se apoderaron de los pabellones del penal para pedir la aceleración de sus procesos judiciales y mejor trato de parte de los guardianes. Tomaron como rehenes a los artistas y agentes pastorales. Empezaron las negociaciones entre las autoridades del Ministerio del Interior y los reclusos sublevados. La negociación produjo la liberación de muchos de los rehenes como prueba de la buena disposición de los sublevados.

Nueve presos solicitaron la entrega de una ambulancia y garantías para escaparse, llevando cuatro rehenes, la hermana Juanita fue una de ellas. Terminaron las negociaciones con la promesa de que los prisioneros iban a salir sin sufrir daño.

Les dieron una ambulancia cuya caseta posterior era de fibra de vidrio. Los presos confiados la abordaron, seguros que no iban a disparar contra ellos por los rehenes. La hermana Juana negoció con ellos y fue ella sola la que salió como rehén dentro de la ambulancia.

A poca distancia de la prisión, policías y carros patrulleros estratégicamente colocados esperaron a que pase la camioneta y entonces abrieron fuego contra la ambulancia a la que dejaron como una coladera. Al abrirse las puertas, después de la balacera despiadada, siete de los nueve presos estaban muertos a balazos y la hermana Juana agonizaba con cinco impactos de bala. Ella murió pocos minutos después mientras era llevada al hospital de la policía.

Poco después de su muerte, multitudinarias marchas se dirigieron desde el Cono Norte de Lima -lugar donde vivía la Hermana Juanita con otras misioneras Columbanas-, hasta San Juan de Lurigancho, en el Cono Este de Lima (se recorrió 14 kilómetros), mostraron su descontento y repudio a la forma tan bárbara en que estas autoridades de turno resolvieron el amotinamiento, asesinando como si la vida no valiera nada. Una sencilla cruz de la madre acompaño la marcha de cono a cono. Al llegar, cerca del penal colocaron en la avenida principal de San Juan de Lurigancho, una cruz, con el Quinto Mandamiento “No Matarás” (Ex. 20, 13).

La cruz representa el compromiso de la Iglesia Católica con la vida, y enfatiza el quinto mandamiento que nos pide no matar. Y es que en la sabiduría universal sabemos que es mucho más mortal matar que morir. El que mata a otro ser humano, queda mucho más muerto, mucho más podrido que el que es asesinado.

Jesucristo vino a destruir la muerte, a traer vida y a traerla en abundancia, nos dice San Juan en su evangelio en el capítulo 10. Y la vida que nos trajo Jesús es la vida eterna. Y Él lucha y luchará para que nadie nos arrebate esta vida eterna. Y esta vida eterna traída por Jesús abarca salvar nuestro cuerpo y nuestra alma, es decir, nuestra persona.

Desde que se colocó esta cruz, este punto de San Juan de Lurigancho ha servido como punto de reunión de las comunidades cristianas no solo de esta zona de casi dos millones de habitantes sino de todo Lima. Muchas marchas en favor de la vida y la justicia de quienes amamos y defendemos la vida han comenzado desde la “Cruz no matarás”. Fue en este punto donde mucha gente sencilla vino en los oscuros años de terrorismo y de violencia militar y en otros tiempos de crisis nacional para encontrar consuelo y fortaleza, coraje y energía para seguir apostando por la vida y la verdad.

Cuando se presentaba el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, gente de todo Lima y varias partes del Perú se reunió masivamente alrededor de la cruz. Traían globos de colores, banderolas y pancartas para apoyar a la comisión y con su presencia darles ánimo y aliento. En este punto de partida se levantó un estrado con una foto enorme de la “Cruz no matarás” y la foto de la “hermana Juanita” como conocían sus amigos y amigas a Juana Sawyer.

La historia de lo que pasó aquel día, 23 años atrás, fue contada nuevamente por un agente de pastoral que trabajó en la prisión. Una hermana de San Columbano hizo una remembranza de Juanita. El entonces alcalde del distrito y representantes de 12 parroquias colocaron una sábana blanca en los brazos de la cruz. Los nombres de los pobladores del distrito que perdieron la vida en los años de violencia, opresión y represión fueron leídos en voz alta. Luego el pueblo reunido renovó su compromiso por trabajar por la Verdad y la Vida. El Obispo Norberto volvió a recordar una vez más la inspiración de Juana Sawyer, dio su vida para que los privados de una verdadera vida, la tengan, estuvo y está presente en la gente de San Juan de Lurigancho y de todo el Perú.

Padre Diego Cabrera Rojas ssc.

por Padre Diego Cabrera Rojas, ssc
Sacerdote Misionero de San Columbano

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