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Jueves, 14 de diciembre 2006

Orgullo del Perú para el Mundo

Pon tres meses desde que comencé a trabajar en la cárcel de Lurigancho, Lima, que tiene más de 5,000 presos, es el establecimiento más grande de su tipo en el Perú.

Aunque sé que para los prisioneros hay días de terrible aburrimiento, para los/as trabajadores/as no existe un solo día gris o aburrido. Esta es una prisión muy triste y deprimente, apestosa y con riesgos permanentes para la salud como muchas de las cárceles en América Latina, Aún así, puedo decir que estos tres meses han sido donde he encontrado las más intensas recompensas en mi vida. Agradezco a Dios por esta experiencia, y estoy muy agradecida a nuestras Hermanas por su apoyo e interés.

Voy a la prisión tres o cuatro días a la semana, los otros días visito algunas de las casas de los prisioneros, voy al ‘Palacio de Justicia’ para hacer gestiones relacionadas con sus documentos, etc.

Dentro de la prisión trabajo en dos pabellones, cada uno tiene cerca de 350 hombres de entre 18 y 30 años de edad. Muchos de ellos no están en la prisión por primera vez: algunos han entrado y salido muchas veces. La gran mayoría proviene de sectores pobres de Lima donde nunca han tenido lo suficiente para comer, no pudieron terminar el colegio primario ni secundario y nunca pudieron encontrar un trabajo decente.

Pero, detrás de esas barras de los pabellones 6 y 8 he visto actos de lealtad y caridad que quizá si yo hubiera estado en la misma situación no hubiese sido capaz de hacer. Muchos han estado involucrados en robos, drogas o algo peor, pero algunos están presos por pequeños robos y en su momento no tuvieron el dinero suficiente para sobornar a algunos de los oficiales de la ley.

Con estas palabras resonando en mis oídos y con profundas emociones sollozando en mi corazón es que emprendí el largo viaje de 12,500 millas (21,000 Kms) hasta Lima, Perú, en la mañana del 16 de Diciembre de 1983. Todavía estaba en estado de shock y muy triste por las noticias que nos despertaron de nuestros sueños la mañana anterior. La Hermana Juana ha sido asesinada de bala durante su ministerio pastoral en la cárcel de Lurigancho. A medida que re-leía su carta de Agosto pasado, me consoló el hecho que Juana estaba donde quería estar: en medio de los convictos que la sociedad rechaza. Ella murió en acción, en el trabajo del Señor, predicando el evangelio con su ejemplo, en medio de los más marginados.

La trágica y violenta muerte de la Hermana Juana, se me hizo más real cuando llegué a Lima cerca de 10 horas después que ya había sido sepultada. Su nombre parecía estar en cada uno de los labios Peruano. En los periódicos y en la TV las noticias estaban llenas de fotos, reportajes e historias de los eventos de los pasados días en Lurigancho.

Nuestras hermanas que estaban en un natural estado de duelo y en shock compartieron conmigo lo que sucedió un 14 de Diciembre.

La mañana del miércoles 14, Juana salió temprano rumbo a la prisión. Esa era la última vez que la vieron con vida. Ella nos había estado diciendo que había mucha intranquilidad en las semanas anteriores. Las visitas de los prisioneros habían sido recortadas por diversas razones, las condiciones adentro eran malas; De los 5000 prisioneros, solo algo de 1000 habían sido condenados, el resto vivía con la sentencia pendiente o quizá inocentes; traficantes de drogas estaban escapando pagando al personal de la prisión, en general había mucha intranquilidad pero Juana continuó sus visitas sin miedo alguno. Su trabajo era tratar de llevar medicinas para algunos, una palabra de consuelo para otros, noticias de cómo iban avanzando sus documentos legales en el Ministerio de Justicia; cualquier cosa que les haga sentirse más humanos, darles coraje, ayudarles a recuperar su libertad.

Esa mañana un grupo de presos decidió conseguir su libertad a toda costa, aunque tengan que morir en el proceso. Su plan: tomar a Juana, a tres hermanas Maristas y algunos trabajadores sociales como rehenes. Ejecutaron este plan a las 11.00 a.m. cuando un número de gente atendía una celebración de Navidad. Ellos tomaron a los rehenes y exigieron colaboración con su plan del escape. La hermana Ana Marzola, una hermana Marista, que había trabajado en la prisión por diez años, debía ser la mediadora entre las autoridades y los que querían fugarse. También debían asegurar para ellos una ambulancia - era el modo más discreto de viajar y pasar inadvertidos.

En vez de ir directamente a las autoridades de la prisión, Ana se apresuró a informar lo que sucedía al Cardenal Landazuri y a los obispos. Después se dirigió a las autoridades de la prisión con el plan.

Las negociaciones duraron todo el día, y para las cinco de la tarde habían acordado que los presos y los rehenes se retirarían juntos en la ambulancia. Las hermanas salieron con mucho miedo, rogando a Dios por su protección.

Apenas salieron de la puerta comenzó el tiroteo. La ambulancia fue acribillada con balas de todos los lados. Los rehenes pidieron misericordia pero la policía respondió con más disparos, indiscriminadamente. Nuestra Juana debe haber muerto rápidamente. Fue alcanzada por cuatro balas, una a través de la parte posterior del cuello, dos a través de sus piernas y una atravesó su dedo. Las otras hermanas escaparon milagrosamente al quedar debajo de los presos que quedaron amontonados encima de ellas. Cuando la policía sacó a los presos muertos o heridos llevaron a los rehenes a un lugar seguro. Juana apareció en una fotografía del periódico sostenida como un bebé en los brazos de un policía, su cabeza caída y los brazos colgando indicaban que estaba muerta.

Mientras que los restos de la hermana Juana yacen en la iglesia católica en Cueva, uno de los barrios populares de Lima, un gran número de gente hacía larga cola y en fila procesional pasaban delante del ataúd durante toda la noche. Ésta era la gente entre quienes la hermana Juana había vivido y trabajado pastoralmente por seis años, ayudándolos a encontrar alimento para sus niños, cuidando a sus enfermos y, últimamente, aliviando el yugo de los que fueron encarcelados. Ellos y ellas amaban a la hermana Juanita y entendían claramente el significado y el valor de su muerte, era evidente por lo que estaba escrito en la banderola que colgaba sobre el altar. Esta decía:

Estaba en la prisión y me visitaste. (Mt. 25,36)

No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos. (Jn. 15,13)

JUANITA, VIVIRÁS POR SIEMPRE EN LOS CORAZONES DE TU GENTE.

La iglesia estaba completamente llena en la mañana siguiente. El Cardenal Landazuri, con casi cien celebrantes presidió la misa fúnebre. La mayor parte de los presentes lloraba. Los presentes respondieron con una gran ovación cuando el Cardenal denunció la causa y las circunstancias de la muerte de la hermana Juana y la muerte de los presos y pidió una investigación exhaustiva del suceso. Después de la Misa la misma gente caminó diez kilómetros cerca de seis millas - distancia entre la iglesia y el cementerio “El Ángel”. Oraron, cantaron e hicieron turnos con las hermanas y los sacerdotes al cargar el cuerpo de la hermana hasta el lugar de su descanso final. Era una procesión pacífica y esperanzada protesta por la muerte de la hermana Juana y de los ocho presos y de las circunstancias que ocasionaron su muerte.

Los presos que conocían a la hermana Juana estaban muy afligidos por su muerte repentina. Uno de ellos expresó su reacción en una carta:

Minutos antes de que tomaran a la hermana Juanita de rehén, vino trayendo un paquete enviado por mi madre, y conversamos. Todavía puedo ver sus ojos que alcanzaron la eternidad.
Su amor, puro y gentil, que reflejaba su gran amor por la gente. Su Espíritu de compasión y de sacrificio por nosotros los presos será mi recuerdo más precioso.

Julio

Otros expresaron sus emociones en un poema:

Cómo puedo pedir que vuelvas a iluminar la vida,
cómo puedo encontrar tu bondad y tu dulzura.
Tu dedicación y fe ciega, en traer amor y alegría.
Que ese sea tu recuerdo - signo de Gloria Eterna

Jorge.

La investigación del tiroteo a la hermana Juana y a los presos continúa. En un inicio se culpó al inspector y al director de la prision quienes debían ser detenidos, pero esto fue rechazado por el juez.

Han nombrado un nuevo juez para una segunda investigación, pero hasta ahora no ha habido ninguna declaración. Esperamos sin embargo un resultado justo de este acontecimiento para que cese la violencia.

Dios hace grandes cosas de maneras misteriosas y a menudo usa a la gente y las circunstancias más inverosímiles para realizar su plan. La hermana Juanita sirvió a los pobres de manera tranquila y silenciosa con las manos siempre abiertas y un corazón grande.

Ella dio todo lo que tenía y Dios aceptó su generosidad.

Dejé Lima llena de gratitud por el testimonio de vida de la hermana Juana, una vida de servicio a los más abandonados. Ruego que su vida y su muerte puedan inspirarnos y hacernos instrumentos del amor de Dios y que cuidemos de los pobres y sufrientes de nuestro mundo.

por la Hermana Juliana O’Neill

FAR EAST, Revista de los padres y hermanas de San Columbano. Marzo 1984. pp. 1-4.

Traducción y adaptado por P. Diego Cabrera Rojas ssc.

 

 
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