Jueves, 25 de enero 2007
ste año la Iglesia en el Sur Andino ha sufrido pérdidas significativas. Por motivo de salud tuvieron que renunciar a sus cargos pastorales los monseñores Elio Pérez y Juan Godayol, obispos prelados de Juli y Ayaviri. Ciertamente sus ausencias dejarán un vacío, pero su legado como pastores apreciados perdurará. El momento es oportuno para recordar algunos aportes centrales de los pastores que los han precedido in el camino recorrido por esta Iglesia local. Los limites de esta reflexión sólo permiten algunos apuntes; a testigos más cercanos les queda la tarea de un trabajo más exhaustivo.
La renovación abierta por el Concilio Vaticano II impulsó a la Iglesia en América Latina a buscar su propia identidad y vocación, en relación a las grandes interr ogantes para la fe surgidas de la situación de las grandes mayorías secularmente empobrecidas y oprimidas. La Conferencia general de los obispos de América Latina, reunida en Medellín, marcó un hito de primera importancia, tanto para la renovación de la Jglesia como para su relación con la sociedad. La Iglesia en el Perú, bajo el liderazgo del cardenal Juan Landázuri Ricketts, el año 1969, asumió con firmeza los nuevos desafios en la 36a asamblea de la Conferencia Episcopal Peruana. Los obispos se comprometieron a desligar la Iglesia de sus vínculos con el poder. En fidelidad al evangelio, optaron por ser una Iglesia pobre y comprometida con los anhelos de los más pobres, por conseguir pan ellos condiciones de vida dignas.1
En el Sur Andino esta renovación eclesial coincidió con la formación de nuevas prelaturas y con una campaña misionera convocada por Juan XXIII. Las congregaciones religiosas respondieron enviando algunos contingentes de sus miembros más jóvenes, nacionales o venidos de lejos, a trabajar en les lugares más alejados y abandonados.
El evangelio se proclama
La Iglesia de esta región andina, en su larga trayectoria, se distingue por ser evangelizadora y pastora fiel. Su fuerza radica en su fidelidad al magisterio y su voluntad de hacer propia la tradición de la Iglesia en América Latina, expresada en Medellín, Puebla y Santo Domingo. La fidelidad se expresa en la encamación del mensaje dentro de un pueblo que busca la vida y redescubre el valor de sus propias culturas autóctonas. Como decía Mons. Jesús Calderón, «no es posible ser pastor sin tener afecto por el campesinado». Mons. Alberto Koenigsknecht insistía; «somos una Iglesia en búsqueda.., anhelamos una Iglesia más encamada en las culturas nativas, una Iglesia todavía más identificada con los pobres»2. Para esta Iglesia, amar al pueblo en su situación concreta es central en su experiencia de fe. Defender su derecho a la tierra y estar a su lado durante las décadas del terror es la opción de una Igl esia que redescubre cada vez más la riqueza de la tradición en el binomio que enarbola: «somos pueblo, somos Iglesia».
La palabra de pastores como Luciano Metzinger, Luis Dalle, Jesús Calderón, Albano Quinn, Alberto Koenigsknecht, Luis Vallejos, Francisco D’Alteroche, sigue resonando con autoridad evangélica. Su magisterio expresado en textos memorables, como Recogiendo el clamor de nuestro pueblo y La tierra, don de Dios derecho del pueblo, brota de la palabra encamada en el sufrimiento de los pobres. Recoge el testimonio del conjunto de sus iglesias, experiencia de la comunión eclesial, mensaje que da vida y enriquece no solamente a la región sino también a la Iglesia nacional. El hecho de que tres de estos pastores murieran trágicamente en el camino lleva una fuerza simbólica de hondura evangélica. Estos pastores son los testigos, nuestros antepasados en la fe (Heb 11). Su fidelidad los animó a quedarse en medio de su pueblo en los tiempos más violentos. Una Iglesia que no se corre frente al peligro crece en autoridad, su palabra cobra más fuerza (Jn 10).
Desde los comienzos, los nuevos obispos de la región se dan cuenta de la necesidad de coordinar esfuerzos para asegurar una evangelización más auténtica y eficaz. Con sentido de comunión eclesial crean el Instituto de Pastoral Andina que va a cumplir un rol central en vertebrar las líneas de la acción pastoral. Se elabora una visión de conjunto con criterios comunes, se organizan cursos de formación y servicios para los agentes pastorales, que son valorados como esenciales para la marcha de la Iglésia y duran hasta el presente.
Despedimos a nuestros amigos y hermanos, obispos Juan y Elio, con corazones agradecidos. La memoria histórica de la fe será narrada, vivida y celebrada. Este recuerdo con su caudal vital será central para las generaciones venideras. La Iglesia en el Sur Andino, como en otros lugares, ha abierto surcos profundos de una «Iglesia desligada de todo poder temporal, Iglesia pobre, misionera y pascual»
Por P. Pedro Hughes, sacerdote Columbano, teólogo, miembro del equipo del Instituto Bartolomé de las Casas - Lima.
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